La salida
Un café en el aeropuerto y el vuelo de noche. Todavía con el buzo de Tucumán puesto, sin saber muy bien lo que venía.


Llegar y arrancar
El Jimny nos esperaba con la carpa arriba. En vez de la autopista elegimos la montaña: la ruta de Vara Blanca, con neblina, lecherías y frutillas con crema al costado del camino, y la catarata de La Paz apareciendo de golpe abajo del puente. A las cinco de la tarde la carpa ya estaba armada. La primera noche durmiendo arriba del auto.







El cumple
Quinientos treinta escalones bajando hasta la catarata de La Fortuna, y después un sendero de tres kilómetros donde aparecieron los primeros perezosos y una rana del tamaño de una uña. Pero lo mejor del día fue el final: las termas naturales del río Chollín, agua caliente que baja del volcán, bajando por el puente con los ticos. Ahí entendimos de qué se trataba este viaje.








A Katira
Ruta 4 bordeando el volcán hasta Katira. El camping quedaba a cinco minutos del Río Celeste: cocinamos bajo el rancho, cruzamos el río saltando de piedra en piedra y nos fuimos a dormir esperando el turno de las ocho de la mañana.








El río celeste
Amaneció horrible y llovió todo el día. Fuimos igual, con botas de goma, seis kilómetros de barro adentro del Tenorio. Y el río estaba celeste. Ese color no existe en ningún otro lado: es el agua de dos ríos que se juntan y reaccionan. A la tarde, la subida a Monteverde y la primera noche a quince grados.















Bosque nuboso
El bosque nuboso de Monteverde es otra cosa: se camina adentro de una nube. Hicimos el circuito hasta la divisoria continental, cruzamos el puente colgante y llegamos al bosque enano de altura. Después, decenas de colibríes a un metro de la cara, y el ficus que se cayó sobre el arroyo y siguió creciendo con las raíces al aire hasta hacer un puente.













Volar
Doce cables de canopy sobre el bosque, y uno de mil quinientos noventa metros en posición Superman, boca abajo, mirando las copas de los árboles pasar. A la tarde apareció lo que no estaba planeado: la comunidad de mujeres artesanas y un pintor con su taller ahí mismo, que nos contó lo que hacía. Cerramos con un helado.






Bajar al mar
De Monteverde a Sámara por el interior de Nicoya. Después de una semana de barro, niebla y quince grados, meterse en el Pacífico tibio se sintió distinto. A la noche salió la luna llena sobre el agua.








Solos en Coyote
Playa Carrillo a primera hora, la de las palmeras inclinadas. Después Islita, y San Miguel, que estaba tan desierta que impresionaba. Y en Playa Coyote apareció el camping de Carlos: la playa entera para nosotros dos, monos en los árboles, cangrejos ermitaños robándose caparazones, y un atardecer que no se puede contar. Unas papas fritas y a dormir.

















Los ríos y Montezuma
El tramo que veníamos mirando con respeto: la costera al sur cruza el río Bongo y el río Ario, los dos sin puente. Bajaban con muy poca agua y pasamos sin drama. En Santa Teresa el sol pegaba demasiado, así que bajamos a Montezuma: almorzamos frente al mar y a la tarde subimos a las cataratas, metidas adentro del bosque, con el agua fría bajando entre las piedras. Dormimos frente a la playa.










Cruzar el golfo
El ferry de Paquera a Puntarenas, el auto en la bodega y hora y media de mar abierto. Pasó una tortuga enorme al lado del barco y cruzaron unos guacamayos rojos por arriba. Del otro lado paramos en el puente del Tárcoles a mirar los cocodrilos desde la baranda. La noche fue la más brava del viaje: el camping estaba caído a pedazos, se largó una tormenta y no había dónde meterse. Terminamos en una cabaña de un surf camp, escuchando el agua sobre el techo.







Manuel Antonio
Amaneció lloviendo justo antes de la hora de entrada y estuvimos a punto de no ir. Paró. Entramos con un guía y el parque se abrió de otra manera: perezosos colgados a veinte metros, murciélagos dormidos contra la corteza, un colibrí quieto, iguanas al sol, un cangrejo azul con las patas rojas y monos que pasaron a un metro. Cosas que solos no hubiéramos visto nunca. A la tarde bajamos a Uvita, a un camping frente al mar que estaba entero para nosotros.

















La cola de ballena
Amaneció con la carpa mojada, así que dejamos el auto en el camping y salimos caminando. Uvita termina en una lengua de arena con forma de cola de ballena, que aparece solo cuando el mar se retira: la marea bajó casi del todo justo al mediodía y quedó todo eso para caminar, con la selva de un lado y las montañas al fondo. Volvimos por la senda entre las palmeras. En el pueblo se nos cruzó una iguana naranja, enorme, sin apuro. Y ya de vuelta en el camping, cuando caía el sol, aparecieron los guacamayos: primero uno, después dos, rojos contra el verde. Los estuvimos mirando con los binoculares hasta que se fue la luz.












La ballena que no estaba
Salimos temprano al mar. Aparecieron dos tortugas y después un grupo de delfines que se quedó dando vueltas alrededor del bote un buen rato. A la ballena la buscamos toda la mañana y no apareció: ninguna de las lanchas que andaban por ahí la pudo ver. La temporada recién arranca y por ahora hay una sola en la zona. Volviendo paramos en Playa Arco, con su cascada cayendo sobre la arena y una gruta que se cruza con el agua a la cintura. De vuelta al camping encontramos una pluma de guacamayo en el piso, y arriba estaban ellos otra vez. Nos despedimos del austríaco, que nos dejó un libro. Después intentamos salir para la montaña, nos dimos cuenta de que era tarde, y nos quedamos una noche más.












El día que cambió solo
Salimos tarde otra vez, con la carpa mojada. Subimos el Cerro de la Muerte, de setecientos a tres mil cuatrocientos metros en una hora: se termina el bosque y empieza el páramo, que en Costa Rica existe solo acá. La idea era pasar de largo por San Gerardo de Dota y seguir hasta Orosi. Paramos a tomar un café en lo de Miriam, con los comederos al lado de la mesa, y en media hora aparecieron una tucaneta esmeralda a un metro, pájaros naranjas y una ardilla. Nos quedamos. Buscamos dónde dormir y terminamos en un lodge de cabañas de madera sobre el río, entre jardines llenos de colibríes. A la tarde caminamos el sendero: una cascada apareciendo entre los helechos, hongos naranjas en la hojarasca, y un árbol tan ancho que hay que abrirse de brazos para entender el tamaño. De cena, trucha criada ahí mismo. Y nos dieron el dato: mañana a las cinco y cuarenta, en un lugar del valle donde los quetzales bajan a comer.
























El quetzal
Cinco y cuarto de la mañana, once grados y llovizna. En el valle ya había gente parada en la ruta con telescopios, todos mirando para el mismo árbol. Y a las cinco y cincuenta y siete apareció: un macho adulto, con el pecho rojo, el verde metálico y las dos plumas de la cola colgando medio metro por debajo de la rama. Esas plumas tardan tres años en crecer. Y agosto es de los peores meses para verlo, porque suben a las partes altas de la cordillera. Se quedó ahí, quieto, dejándose mirar. Después bajamos el Cerro de la Muerte por última vez, paramos en las ruinas de Ujarrás —una iglesia de 1693 abierta al cielo, con el pasto adentro— y bordeamos el lago de Cachí hasta Turrialba. Dormimos en un mirador, con el valle entero abajo y las nubes por debajo nuestro.













El volcán que se abrió
Amanecimos en el cerro, con el valle de Turrialba apareciendo abajo y el desayuno en el mirador. Después subimos al Irazú, y a siete kilómetros del cráter ya no se veían ni los dedos de la mano. Llegamos igual. Arriba había ocho grados, viento y una pared blanca donde tenía que estar el volcán: caminamos por la ceniza sin ver nada, alguien había dibujado un corazón en el suelo, y nos metimos un rato en el auto a esperar. A las dos de la tarde empezó a abrirse. Y quedó todo: el cráter entero a tres mil cuatrocientos metros, la pared de ceniza gris bajando hasta el fondo, y atrás el mar de nubes tapando el país. Bajamos por Cartago y llegamos a Alajuela con el tráfico de la ciudad, que después de dos semanas de montaña se siente raro. El último atardecer nos agarró desde la terraza, todo naranja.












La vuelta
Devolvimos la Jimny después de diecisiete días y no le había pasado nada, con todo lo que anduvo. Lo único que quedó atrás fue el termo, olvidado adentro, y nos lo mandaron al aeropuerto en una moto. En el avión había poca gente y pudimos estirarnos. Desde arriba se vio Costa Rica entera alejándose, y después el sol bajando sobre un mar de nubes naranjas que duró casi todo el vuelo. Llegamos a Tucumán pasada la medianoche, agarramos el último taxi que quedaba, buscamos la camioneta y nos vinimos comiendo. Y en Raco nos estaba esperando Clarita. Tristes porque se termina, contentos porque fue una hermosa experiencia.






Por dónde anduvimos
En naranja lo recorrido hasta hoy; en punteado, lo que falta hasta el vuelo de vuelta.
Los números
Los animales: perezoso · mono · murciélago · colibrí · iguana · basilisco · saltamontes · cangrejo · rana · cocodrilo · tortuga · guacamayo · quetzal · tucaneta · ardilla · delfines · geco.
Las cataratas: La Paz · La Fortuna · Río Celeste · Montezuma · Savegre.
Las playas: Carrillo · San Miguel · Coyote · Montezuma · Playa Arco · Manuel Antonio · Uvita · Sámara.
Mirando para atrás
Diecisiete días, tres mil kilómetros y trece noches durmiendo arriba del auto. Dormimos al lado de un río, en una playa vacía, en un cerro con las nubes por debajo nuestro y una noche entera escuchando la tormenta sobre el techo de la carpa.
Lo mejor casi nunca fue lo que estaba planeado. La ballena no apareció y ese terminó siendo uno de los mejores días. Íbamos a pasar de largo por San Gerardo de Dota y paramos a tomar un café: en esa parada nos dieron el dato que a la mañana siguiente, a las cinco y cincuenta y siete, nos puso adelante un quetzal. Al Irazú llegamos sin ver nada a siete kilómetros del cráter y se abrió a las dos de la tarde. Las cosas pasaron cuando dejamos de perseguirlas.
Y lo que más se repite cuando lo pensamos no son los lugares: es la gente. Carlos del camping de Coyote, el austríaco que nos regaló un libro en Uvita, el que en Miriam's nos dijo dónde bajaban los quetzales. Nada de eso estaba en el itinerario.
Volvimos tristes porque se termina y contentos porque fue una hermosa experiencia. Esta página queda acá, entera, para cuando queramos volver.


















